Los relatos de Naide
Susana
Hoy, he pasado el día solo... Durante largas horas he estado observando el mundo desde mi balcón (como vivo en el piso quinto de mi edificio, ni que decir tiene, la perspectiva de mi calle que éste me ofrece). He estado largas horas divagando sobre la vida de las personas, que bajo mis pies se movían incesantemente, y durante aquel devenir de suposiciones, siempre he encontrado algo que me ha traído el recuerdo de mi amiga Susana… Pero para poder describir aquí quien es, no tengo más alternativa que hacer una carta para ella, pues de otra manera me resultaría imposible.
Querida Susana:
Ahora mismo estás lejos de mí. Te fuiste para empezar una
nueva vida... en otro lugar, con otra
gente.
Yo, continúo aquí, con los mismos amigos, las mismas aficiones
y, como no, el mismo trabajo.
Esta carta va dirigida a ti, y aunque nunca la leerás,
necesito escribirla, me hace falta hacerlo, porque eres casi todos mis
recuerdos, una parte de mí… y por ello quiero empezar esta nostalgia desde nuestra
niñez.
Pobre Susana, amiga mía, que nunca soñaste… Pero ¿cómo
ibas ha hacerlo? si nunca tuviste una niñez como las demás… Recuerdo que mientras tus amigas hablaban de sus sueños y
comentaban: “He soñado, que era doctora de un hospital muy importante. Pues yo
anoche, que tenía un pony precioso. Yo que nos íbamos de excursión, todas
juntas, y al llegar a un lago muy grande, resulta que estaban allí los chicos”.
Tú, amiga mía, callabas... porque cuando te acostabas, sólo dormías. Te robaron
ese tesoro... esa joya que, en aquellos años, nos hacía levantarnos felices
cada mañana. Te lo quitaron con desprecios hacia ti y humillaciones como:
-¡Todo lo haces mal! ¡No aprendes nada bueno! ¡Más vale
que hicieras algo de provecho en vez de pedir tanto! ¿Sabes lo que cuestan los
libros? ¡A tu edad, tu madre sabía hacer de todo, no como tú que no sabes hacer
nada!
Cuantas palabras de desprecio como esas oíste... lo sé, y
lo sé porque muchas veces estuve allí, contigo. Entonces no pude entenderlo,
pero con el paso del tiempo lo comprendí, me di cuenta de que tus padres
cargaron, sobre aquella indefensa niña, todo el peso que debieron soportar
ellos... por eso, cuando te dormías cada noche no podías soñar. ¿Quién puede
fantasear cuando se siente fracasado? Eras sólo una niña... mi querida Susana.
De igual forma, recuerdo nuestra adolescencia, en ella,
eras una chiquilla que caminaba en medio de la desolación y escondía en si
misma su anhelo de ser hallada... también lo sé, puesto que igualmente
permanecí allí, contigo.
Con el paso de los años, construiste un muro infranqueable
alrededor de tu corazón… no tenías ninguna culpa, pues no sabías soñar. Los
hombres huían de ti… les asustabas, y yo notaba tu sufrimiento... lo sé, pues
siempre me mantuve allí, contigo.
Ya no tengo noticias de ti, no puedo saber donde estás.
Huiste de aquí, de tu pasado, pero me temo, que aunque estés en el paraíso
seguirás igualmente perdida.
Mi querida amiga, no encuentro la manera de pedirte
perdón... Me culpo por no haber sabido hacerte soñar (aunque sólo una vez),
porque si lo hubiera conseguido, habrías visto el mundo que hay dentro de cada
uno de nosotros: ese infinito de ilusiones casi imposibles, que nos acompaña
siempre que estamos solos, y que llevamos en nuestro interior para defendernos
de la realidad que nos rodea.
Adorable Susana, yo si te vi en mis sueños muchas veces,
y en ellos pude ver lo que había en ti y te lo mostré en numerosas ocasiones,
pero no lo podías entender, porque tu nunca los tuviste, te los habían
arrebatado para siempre…
Adiós, de alguien que te querrá siempre.
Lo que acabo de
hacer aquí, no es tan extraño como pueda parecer. Sé, que quizá debiera
habérselo dicho antes de que ella se marchase (no con esas palabras claro), y espero
también, que no me juzgues a la ligera, porque si miras profundamente en tus
recuerdos, es posible que, igualmente, veas una parte de ti en estas líneas que
acabo de escribir.
Creo que tú, como
yo, alguna vez te has visto en la incertidumbre de enviar, o no, esa carta o
ese e-mail que ibas a redactar o habías redactado, y finalmente, por alguna
razón, se quedó en algo sólo tuyo que no quisiste o no te atreviste a compartir...
Si es así, asimismo has de pensar, que puede que, en tu caminar por la vida,
alguien hizo una carta para ti que nunca te envió, y que de haberlo hecho, es
posible, y sólo posible, que aquellas palabras hubieran cambiado el curso de tu
historia.
FIN
EDITORIAL: Entrelineas Editores AUTOR: Jaime Arroyo Vinuesa
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