LOS NO VIVOS I, II y III
Deberíais saber,
aquéllos que fijáis los ojos en estas palabras, que quien aquí suscribe, no es
más que cualquiera de los muchos que os rodean. Sabed también que en este siglo
veintiuno no puedo diferenciarme de nadie, sea cual sea su razón de ser.
Seguramente, os
preguntareis el porqué de mis vocablos arriba expuestos. No os inquietéis, pues
réplicas tengo más que suficientes.
Yo, que en un tiempo
pasado navegué por los mares infinitos al servicio de Ulises, y cuando terminó
su odisea sobreviví para contarlo, que bebí de la copa de Dionisos, que sostuve
en mis manos el vellocino de oro que dio gloria a Jasón, que también me
vanaglorié de haber leído todas las palabras que entraron en Alejandría, ya
fuera en texto o en extraños signos (que hoy en día serían del todo
indescifrables), que pude contemplar la caída del imperio egipcio en manos de
Cleopatra, y que vi el renacer de las épocas modernas comandadas por el poder
de la artillería... Ahora, en este mismo instante, me encuentro confuso, porque
aquellas vidas habían sido siempre la fuente que alimentaba mi ego, la miel que
endulzaba mi paladar sediento de exquisiteces ya extintas... Y estoy
desconcertado, porque lo que hace sólo horas me ha sobrevenido, supera cada una
de mis vivencias hasta ahora existidas.
Anoche, día veintitrés de Junio del presente año, me encontraba a las afueras de A Coruña. No puedo descifrar el lugar exacto, porque desde media tarde me encontraba ya perdido (debido a las exquisiteces que se te ofrecen, desde que te presentas a los amables lugareños). Sólo sé que el camino era estrecho y empinado, y el eco del regocijo de la ciudad resonaba tras de mí como si el mundo entero me siguiera. De pronto, resbalé pendiente abajo, golpeándome con el suelo una y otra vez, hasta que paré boca arriba sobre lo que parecía un pequeño llano. Allí quedé tumbado hasta que mis ojos respondieron y pude abrirlos... cuando lo hice, la noche era ya profunda y los árboles apenas se distinguían bajo el cielo estrellado. Traté de levantarme apresuradamente, pero unas manos me aquietaron, y una voz suave y tranquilizadora me dijo:
LOS NO VIVOS II
-Despacio, despacio.
El mundo no se terminará ahora.
Una joven con acento
del lugar se encontraba a mi lado. Nada más incorporarme le pregunté:
-¿Qué hacemos aquí?
-Yo vivo aquí, este
bosque es mi casa.
Quedé perplejo ante
su oscura y profunda mirada, acompañada de unos cabellos rizados que tapaban
casi toda su cara, y por completo sus hombros.
-¿Quién eres?
–pregunté.
-Soy la meiga. A eso
has venido, ¿no?
-¡No! La verdad es
que no sé qué hago en este lugar. De todas formas, yo no creo en esas cosas.
-Entonces no te hago
falta.
Nada más decir eso
se marchó. Al quedarme solo, respiré hondo y recordé que venía de arriba, y sin
más, volví sobre mis pasos... Poco a poco, iba acercándome a la ciudad, pero
sentía algo extraño que llevaba percibiendo desde que la noche se hizo ante mis
ojos. Ya no oía el gentío callejero, la música había dejado de sonar..., pero
miles de voces parecían hablarme en una inmortal angustia. Llegaban sus ecos de
todas direcciones y todos a la vez.
Corrí asustado hasta adentrarme en la ciudad. Una vez en sus calles, lo que acaecía bajo los miradores blancos de sus casas no era lo que cualquiera hubiese esperado de un día festivo... Allí, bajo las farolas y sus sombras, se encontraban miles de almas, que parecían seguir trayectorias que no podían evitar. Eran los no vivos, aquellos que tenían prometido el descanso eterno y no debían ser molestados. Esos que los no muertos no deberíamos ver. Salían del suelo, de las paredes, algunos del mismo presente, y otros del pasado más remoto. Andaban perezosos, mirándose unos a otros y sintiéndose maldecidos. No hablaban, pero yo podía entenderlos a todos, sus pensamientos y sus sentimientos, entraban en mí cabeza como cuchillos helados. Pude ver a la victima caminar al lado de su asesino, temerosa por su atormentador recuerdo, y a su homicida como se angustiaba por la ansiedad que le proporcionaba el parecer de su trabajo no terminado. También pasaron a mi lado, muchos que se amaron y no se pudieron corresponder; sufrían, porque la mayoría de ellos tomaban direcciones opuestas... Abuelos, nietos, hijos, miles de espíritus que se conocieron en vida, marchaban en un desconsuelo mutuo.
LOS NO VIVOS III
No podía entender
nada de aquello, gritaba y nadie me oía, llamaba a las puertas y me asomaba por
las ventanas, pero dentro no veía a nadie, sólo los difuntos parecían acompañarme...
Subí por una empinada calle y fui a dar a la plaza de la Constitución, en ella,
los que una vez vivieron, se agolpaban formando un gran círculo frente a la
fuente que esta plaza tiene... Al acercarme a ellos, pude entender el porqué,
de su desolación. Sus mentes estaban poseídas por una voz que les llamaba, una
frecuencia, contra la que su lucha era completamente en vano, una convocatoria
imposible de evitar. Y quien producía aquella invocación se encontraba en medio
de aquel corro espectral. Yo no conseguía verla, pero los pensamientos de los
que contestaban sus preguntas sin querer hacerlo, me mostraron la figura de una
poderosa meiga, que les clamaba desde el mundo de los vivos. En aquel instante,
decidí volver sobre mis pasos, y buscar a aquella mujer que dijo habitaba en el
bosque. Ella podría tener respuestas, que yo desconocía y ansiaba saber.
Durante el trayecto,
pude ver mas círculos de almas en pena, algunos en la misma calle, y otros
entrando en las casas y situándose alrededor de las mesas de los salones, pero
lo que me hizo paralizar del todo me ocurrió en las afueras de A Coruña...
Justo antes de bajar por el estrecho camino que me había llevado horas antes
hasta la meiga del bosque, vi como miles y miles de hombres del lejano pasado
se adentraban en la ciudad... Había ejércitos enteros. Entre ellos, pude ver
romanos, celtas, musulmanes, godos, y un largo etcétera, que me resultaba
difícil identificar. Parecían distantes, sin embargo, todos cargaban con el
mismo quebranto; un día, fueron valientes soldados que murieron en guerras y,
de alguna manera, volvían a reaparecer allí con sus dolorosos recuerdos. Yo me
preguntaba: ¿cuántas veces habrán muerto y resucitado desde entonces? Y ellos,
entre sus lamentos pedían que alguien acallara
las voces que les llamaban y les sacaban de sus tumbas.
Comencé a descender
muy deprisa por el sendero hasta que divisé a la joven meiga, estaba sentada
sobre una pequeña piedra, a la izquierda del mismo rellano que había parado
anteriormente mi caída. Me puse a su lado, y cuando tomé un poco de aire le
pregunté:
-¿Por qué he podido
ver todo esto? ¿Qué me ha pasado? ¿Lo has hecho tú?
-Yo no puedo
responderte. Además, ¡tú no crees en esas cosas!
Dicho esto se
levantó y se perdió en el bosque de nuevo. Al momento, la música volvió a sonar
en la lejanía, y con ella el gentío callejero de los vivos.
Como os he contado,
todo esto me ocurrió anoche, y hoy, la única explicación posible que puedo
darme a mi mismo es que durante unas horas, y por primera vez en el caminar de
mis múltiples existencias... estuve muerto durante unas horas. Y si no es
así...
¡Quién sabe!
***************************************************
EL MOTORISTA
Bajas del coche, y
antes de dirigirte al motel te acercas al arcén de la carretera, contemplas a
izquierda y a derecha esa recta que parece no tener fin, y no ves más que
desierto a su alrededor, el único exponente de civilización está detrás de ti
(tu coche y el motel).
No sabes dónde
estás, ni en qué provincia te encuentras, y te preguntas por qué ya no preparas
los itinerarios con detalle como hacías al principio en todos tus
desplazamientos, y mientras buscas respuesta en tu mente, el silencio reinante
se va transformando en un zumbido lejano que parece venir por tu derecha. Al
momento miras hacia allí, pero no ves nada, solamente la difusa rectitud de alquitrán
que parece estar evaporándose poco a poco, pero, unos segundos después, una
borrosa luz aparece en la lejanía, y el susurro distante se transforma en ese
sonido que emiten las motos de gran cilindrada. -Está lejos todavía -, te dices
a ti mismo, luego bajas la mirada, y cuando la levantas, ya está pasando frente
a ti. Reaccionas de pronto y la ves irse, percibiendo cómo cambia su sonido al
alejarse. Te cuestionas quién será, y lo único que recuerdas es que la moto era
una Ducati 998 Matrix edition, 998 cc y 123 cv a 9750 rpm, y aunque su color
era negro satinado, nada puede alterar el inconfundible diseño Ducati (tú lo
sabes bien, es la moto que siempre has querido para ti, incluso te refieres a
ese modelo como “tu moto”, pero no la posees, es tu deseo, sólo eso). El
motorista también vestía cuero, botas y guantes negros, y el casco, asimismo
satinado con visera ahumada. Sólo lo viste bien un milisegundo, pero no te lo
puedes quitar de la cabeza, hombre y máquina por igual, como un único ser,
pegados el uno al otro y cargados simplemente con un sueño..., irán hasta donde
uno de los dos les lleve.
Por fin te dejas
caer sobre la cama de la maltrecha habitación número cinco, pero no te importa,
has estado en residencias mucho peores, además este motel es barato, barato,
barato... y caes atrapado por el sueño.
Estás a punto de
introducir la llave sobre la cerradura de tu automóvil para continuar tu viaje,
has dormido cinco horas y comido después un poco (huevos con beicon, lo de
siempre). De pronto, algo llama tu atención, y no es el parpadeante rótulo
luminoso que acaba de encender el dueño del motel porque empieza a caer la
noche. Vuelves la vista y ves el anuncio resplandeciente, te das cuenta de que
no es intermitente, es simplemente el fluorescente de la letra “T” que
chisporrotea por algún falso contacto, pero sabes que eso no es lo que te
detiene... Dejas la llave en la cerradura del auto y te diriges al borde de la
carretera. Desde allí, miras a tu izquierda tratando de encontrar algo al final
de aquella interminable recta, a esta hora no hay luz solar, todo está oscuro,
ni siquiera una bombilla luce en el horizonte, sólo las estrellas parecen estar
contigo, y a pesar del gran silencio reinante tú percibes algo, y sigues
esperando... Unos segundos más tarde, parece encenderse una luz muy lejana,
acompañada de un sonido que te resulta familiar, y te dices a ti mismo: ¡ahí
está!, y momentos después el motorista vuelve a pasar frente a ti.
Lo sabías, por
alguna razón lo sabías, te sientes emocionado viendo cómo se aleja a gran
velocidad. No sabes nada de él, ni su edad, ni su estatura o color de pelo,
pero qué más da, es el motorista, ese, que de alguna manera llevas dentro de ti
ayudándote a seguir adelante y nunca reparas en él.
Ya has girado la
llave y puesto en marcha el motor. Continuarás tu camino como otras muchas
veces, pero no te preocupes, al cabo de unas horas ya no recordarás al tipo de
la moto que te hizo vibrar en tu interior.
Quizá te preguntes,
como puedo entender lo que tú has sentido con tanto detalle.
Pues lo comprendo,
porque yo sentí lo mismo la primera vez que lo pude ver sobre aquella moto.
También te puedo decir que cuando se detiene a repostar gasolina nunca se quita
el casco, y antes de abonar el importe en caja se detiene, da medio giro sobre
si mismo, y vuelve a contemplar su Ducati como si fuera la primera vez. Los que
hablan de él te dirán que algunos le llaman “el que siempre viaja solo”, pero
él te diría que no viaja solo, pues va siempre con su máquina, y que eso no es
viajar, es pilotar, que no es lo mismo.
La última vez que vi
al motorista fue en una concurrida calle de Sevilla. Se encontraba detenido con
su moto al borde de la acera, hablando con unos adolescentes que lo miraban con
admiración. Me fui acercando poco a poco hacia el grupo, y cuando estaba muy
cerca pude oír como un chico le preguntaba:
-¿Cómo puedes saber
tanto del norte de Francia?
-Porque yo he estado
allí –, contestó el motorista con la voz distorsionada dentro de su casco. Y
nada más decir eso, se marchó.
FIN
EDITORIAL: Entrelineas Editores AUTOR: Jaime Arroyo Vinuesa
******* MÄS FRASES, PULSAR ACTUALIZAR *******
